20 mayo, 2013

La sencillez de uno de los más grandes


La mayoría de los aficionados de hoy no tuvimos el placer de ver torear a Pepe Luis Vázquez. Hay una coincidencia general en dos aspectos de su tauromaquia: gracia torera e inteligencia. El maestro, con quien pude conversar en múltiples ocasiones, lo resumía en dos palabras: pureza y naturalidad. Ahí están las claves del toreo eterno.
 
Pepe Luis fue el mito torero de Sevilla. En la plaza sevillana forjó muchas obras maestras. En Sevilla toreó más que en ninguna otra plaza. Durante muchos años se anunció en la corrida de Miura. Pepe Luis y Eduardo Miura fueron íntimos amigos. Cuando cumplió 70 años, en Zahariche toreó una becerra para deleite de quienes pudieron verlo, entre ello su hijo Pepe Luis.
 
Su trayectoria le confirmó como uno de los diez toreros más importantes de la historia, dato que es significativo de su categoría. De su paso por los ruedos se ha dicho todo. Sin embargo, en estas apresuradas líneas quiero dejar constancia de algo que también era conocido, aunque no por ello menos trascendente: su humildad. Pepe Luis, habiendo sido uno de los grandes, nunca lardeó de nada. Siempre decía que había querido hacer las cosas bien, con la pureza y la naturalidad que pregonaba, pero nada más. Y al hablar con ese torero tan grande, que le quitaba importancia a su toreo, su figura cobraba aún más fuerza para los que algunas veces pudimos tener la dicha de hablar de toros con este matador clave de la historia.
Pepe Luis era Sevilla misma. Nunca la capital andaluza forjó un artista tan personal a su manera. En la hora de su muerte, sentida por lo que significa, que ha llegado cargado de achaques pero con la mente lúcida, los que amamos a esta tierra nos sentimos un poco desvalijados de algo muy nuestro. Nos queda su recuerdo, su maravillosa familia, todo lo que nos legó como persona, ese talante de sencillez cuando podía haber presumido y cantado a los cuatro vientos quién había sido en el toreo. Es la grandeza de los humildes. Con Pepe Luis muere un pedazo de la historia de Sevilla.
 
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11 mayo, 2013

Jerez, en horas bajas


Me cuentan que Matilla no está contento en Jerez. Dicen que podría alquilar la plaza a otra empresa en los años próximos si las cuentas no le salen en esta edición. Hace poco han dejado Linares, un feudo que parecía irrenunciable para ellos. En Jerez son propietarios del coso. Este año han dejado la feria en dos corridas de toros y una de rejones. La realidad es que en la de rejones hubo media plaza, menos gente que el año pasado cuando la corrida fue televisada. En la corrida estrella del viernes, tres cuartos de plaza con un cartel para el no hay billetes. Queda la del sábado, pero las previsiones hablan de algo más de media entrada.
 
La corrida de ayer tiene algunas respuestas a la deserción de la afición. Morante y Manzanares podían ser garantía de una buena tarde de toros. El desarrollo del festejo supuso una mala propaganda para el futuro. La corrida de Juan Pedro estaba medio podrida. Entiendo que es el toro de Jerez, pero todo tiene un límite. Hay un toro digno de Jerez con mejor presentación. Y también con mejor juego. La gente pagó para ver a Morante y se encontró con que el primero era una especie mínima sin fuerzas. El cuarto, con más genio, no le sirvió para relajarse y torear a gusto. El lote de Manzanares lo formaron dos toros nobles de mínima casta. El de Alicante dio pases estéticos, pero allí faltaba el toro. Y El Fandi, a lo suyo. La corrida fue decepcionante. Si la anuncian en 2014 podría ocurrir que asista aún menos gente que ayer.
Por tanto, es necesario cuidar más estos espectáculos. Todos tienen la culpa, pero no debo dejar a un lado a los propios toreros, que eligiendo este tipo de toros están echando a la gente de las plazas.
 
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A propósito de la crítica

Hay un texto maravilloso escrito por el periodista deportivo Roberto Palomar en ABC que se llama ‘La banalización de la información dep...