30 septiembre, 2016

El toro ordena un buen San Miguel


De las dos corridas de San Miguel, la primera queda etiquetada para siempre como mala y la segunda como buena. Y es verdad que en la primera pasaron pocas cosas, mientras que la del domingo fue una corrida plena de matices, de esas que se recuerdan mucho tiempo y que en el argot se dice que son de las que hacen afición. Y todo esto es así porque el toro es quien ordena el toreo.

El ganado de Alcurrucén del sábado fue manso y deslucido, con esa salvedad de Clarinete, el tercero de la tarde. Con semejantes toros, ni Morante ni Paco Ureña pudieron lograr nada lucido. En el caso de Morante siempre es más llamativo y noticiable que no pase nada. De Morante se espera siempre lo sublime. He dicho muchas veces que Morante en plan voluntarioso no es Morante. El lote de Paco Ureña fue de nulas posibilidades.

Quedó patente el progreso y la solvencia de Javier Jiménez, renacido este año y llamado a meterse en carteles de fuste en la temporada próxima. Tiene un toreo inteligente, ahí recuerda mucho a la gran figura de Espartinas, de nombre Juan Antonio. Pero se le nota su aprendizaje con Peralta, que fue un torero de buen gusto, de manera que este Javier le imprime a su toreo una elegancia llamativa.

Dos toros de Olga Jiménez fueron enormes para la muleta en la del domingo. Y se encontraron a dos toreros enormes. No hay toro sin torero ni viceversa. El que abrió plaza y el quinto, muy en la línea de Garcigrande, fueron ese tipo de toro repetidor y fijo que, con un punto de mansedumbre, permiten hacer el toreo bueno. Los toreros enormes fueron Castella y Manzanares.

Castella no ha logrado salir por la Puerta del Príncipe en sus veintiséis tardes en Sevilla. Y ha estado a punto alguna vez, como cuando desorejó a un toro de Zalduendo en 2006. Este San Miguel lo ha tenido en sus manos. Le cortó las dos orejas a un toro bueno y se fajó con el cornalón de Sampedro para intentar ligar la otra oreja que le permitiera abrir la puerta de la gloria. La espada le privó del premio.

Manzanares sí conoce el sabor de contemplar Triana desde la orilla de Sevilla. En este San Miguel ha completado su temporada. El toro de Olga lidiado como quinto, un animal de una capacidad para humillar casi inverosímil, le he posibilitado hacer una de las mejores faenas de su vida en la Maestranza, lo que en este torero ya es mucho decir. Baste apuntar que no se pude torear más despacio. Ahí quedan los dos cambios de manos eternos.

Para López Simón quedó el vino amargo de toros con mínimas posibilidades. Sin embargo, el sitio y el valor del madrileño le pudieron al de Sampedro y al basto de García Jiménez que cerró la tarde.

Así ha sido San Miguel. Mejor incluso que otros años. Y la plaza casi llena las dos tardes. Está claro que hay que organizar carteles atractivos y la gente responde. Como marco, la Maestranza de Sevilla en septiembre, es decir, la maravilla única de una luz sin igual en el mundo.   

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