19 junio, 2018

Madrid y Sevilla



Entiendo que ver San Isidro desde el mullido sillón de mi salón no es lo mismo que hacerlo desde el tendido. Pero no no me ha quedado más remedio que ponerse delante de la televisión todas las tardes. Y se escucha de forma reiterada que ‘estamos en Madrid’, que si ‘el toro de Madrid’, que si una faena ‘es o no es propia de Madrid’…; siempre Madrid. Muy cansino todo. Mucho más cuando lo que vemos es el claro deterioro de la plaza venteña. Madrid ya es una plaza cualquiera. Y uno que es de provincias, aunque sea de Sevilla, mira con atención y saca sus conclusiones. Se produce una sensación doble. De un lado inquietud porque Las Ventas es una Torre de Babel sin criterio uniforme. De otra, una extraña sensación de alivio.

La inquietud llega por las reacciones de la plaza ante algunos toreros. Las exigencias de Madrid, que son necesarias, ya no se parecen a las de antaño. Se han cortado orejas, y se han dado dos orejas en un toro que nunca podría uno imaginarse que se concedieran en la considerada primera plaza del mundo. La confusión es total. El sector más exigente sigue en su batalla. El problema es que ese sector no trata a todos los toreros por el mismo rasero. Y han perdido la batalla de la seriedad de la plaza.

La han perdido porque los tercios de varas de Madrid ya no se ven ni en algunas provincias. Multitud de toros pasan por el caballo de forma simulada. Y una cosa es la dosificación del castigo y otra muy distinta es no hacer las cosas bien de forma premeditada. Y no pasa nada. En los temas de orejas, la ceremonia de la confusión alcanza niveles estratosféricos. El mismo presidente que le negó la oreja a Fortes saca ahora los pañuelos con alegría ante peticiones muy discretas. Lo del palco de Madrid es para un estudio. Hay un presidente que regala orejas a esportones. Y otro, que está bien considerado, devolvió un manso a los corrales.

Y el sevillano se siente aliviado porque en la Maestranza las cosas andan casi como en Madrid pero todavía con cierta dignidad. Es verdad que mal de muchos es consuelo de tontos, pero al ver lo que pasa en Las Ventas con las presentaciones de algunos toros, las reacciones del público exigente y también del que acude solo a los festejos de lujo, la decadencia de la suerte de varas y la desorientación del palco, pues uno piensa que en Sevilla no están tan mal las cosas. Será que me conformo con poco.  

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02 junio, 2018

Ramón Vila



Corría el año 1980 cuando conocí en persona a Ramón Vila en el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla. Todavía no había comenzado mi andadura como informador taurino. En aquel encuentro quedé subyugado por su personalidad. Sabía de su calidad como cirujano taurino, le admiraba, de forma que en nuestros primeros encuentros para hablar de pacientes a los que había que operar, siempre finalizábamos hablando de toros. Nos unía el colegio de los Maristas, donde ambos nos habíamos formado. El día que aparecí en la enfermería para buscar un parte médico se sorprendió. “Qué haces aquí, Carlos”. “Estoy en Antena 3 Radio hablando de toros”. Se alegró. Desde aquel día debo admitir que me sentí halagado por sus atenciones, así como por sus permanentes referencias en las ruedas de prensa cuando decía: “Eso lo sabe muy bien Carlos”. 

Ramón fue un excelente cirujano. Fue un monstruo como cirujano taurino. Y fue un portento como persona. Todo esto dicho cuando acaba de morir puede parecer la normal elegancia que debe mantenerse en estos momentos. En absoluto. No hay ninguna exageración. Ramón, con su poderosa anatomía, ese pelo cano de pronta aparición, su voz grave y potente, era un personaje que superaba al propio médico.

De todos estos años debo agradecerle su confianza cuando me derivó pacientes, toreros o familiares de toreros, que habían acudido a su persona y que no necesitaban de ninguna intervención. Ramón fue el médico de los toreros en sus percances y en sus enfermedades, pero también fue el médico de cabecera de las familias del toreo. Era un optimista por naturaleza.

Ese optimismo de su personalidad se quebró por unos momentos en 1992. La noche del 13 de septiembre de 1992, cuando apareció en la puerta de la enfermería donde un grupo de informadores estábamos esperando noticias de Soto Vargas, sus palabras fueron tremendas. “Carlos, Ramón Soto se nos ha muerto” y dijo a continuación: “Es muy duro lo que me está pasando este año”.  Pero se vino arriba y, aunque jubilado, ha seguido al pie del cañón hasta esta última Feria de Abril. A Ramón había que conocerlo el día de la entrega de sus premios. Qué vigor, qué elegancia y qué imaginación en sus palabras para cantar al quite artístico, aunque el premio que le volvía loco era el providencial. Así era Ramón Vila, que ya siempre estará grabado en nuestros mejores recuerdos.

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García Palacios

La inmensa pena que siento por la muerte de José Luis García Palacios solo se mitiga por el gozo de haberlo conocido. José Luis era, e...