05 octubre, 2009

El Cid, un torero sin poetas



El Cid descansa y se recupera en Salteras. Ha cortado la temporada con acierto. El año 2009 lo debe borrar de sus recuerdos. Se le atravesó la corrida de Victorino en Sevilla y todo el año ha sido una sucesión de desgracias.


En algunos momentos se le ha visto con el sitio perdido, cuando ese detalle de la colocación en la cara de los toros era una de sus mejores virtudes. Ha fallado en sus feudos de Sevilla, Madrid y Bilbao. Los percances se sucedieron como señal de que algo no funcionaba.

En unas declaraciones a Luis Nieto en Diario de Sevilla se queja del trato de la crítica. Lleva razón el torero. Hay compañeros de oficio que viven todo el año de una tarde buena, mientras que a otros les pasan factura por una sola mala. Entre estos últimos está Manuel Jesús, que ha podido entender que los que antes se rompieron en halagos, ahora han sacado los cuchillos para cortarle el paso. Es la propia historia de la vida; es la norma en el toreo. El Cid pertenece a esa rara especie de toreros que tienen que estar bien siempre, que necesitan reivindicarse en cada feria, de los que no pueden relajarse porque enseguida salen los depredadores para quitarle incluso las glorias del pasado.

Sólo le queda un camino para el futuro: seguir en la senda de los años anteriores, porque si no es así la jauría de lobos seguirán dando mordiscos y querrán borrar hasta sus tardes de triunfo. El Cid es un torero muy grande, pero carece de carisma, de ese detalle de imposible descripción que adorna a algunos y les permite caminar tranquilos porque siempre tienen a alguien que les canta. El Cid no tiene poetas. En su muleta y su espada quedan la posibilidad de callar las bocas deslenguadas que lo han masacrado en 2009.

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